
En las últimas décadas del siglo XIX tiene lugar el gran florecimiento de la prosa polaca, es el periodo del positivismo y del realismo crítico, que definió el pensamiento progresivo en la literatura y otros ámbitos de la vida después del fracasado levantamiento de enero de 1863 hasta principios del siguiente siglo.<br/>Los positivistas vieron el trabajo, y no las revueltas o insurrecciones, como una forma útil de mantener una identidad nacional polaca y demostrar un patriotismo constructivo. A la cabeza de una verdadera pléyade de novelistas que lucharon por mantener viva la cultura polaca se encuentran Henryk Sienkiewicz, Bolesław Prus, Adolf Dygasiński y, en su última época, Stefan Żeromski, destacando asimismo las figuras femeninas de Maria Konopnicka, Gabriela Zapolska y Eliza Orzeszkowa. Los cuentos (nowele en polaco) seleccionados son de los más conocidos entre el público, siendo a lo largo de muchos años lectura obligatoria en las escuelas polacas: “Juanillo el músico” (Janko Muzykant), de Henryk Sienkiewicz; “Nuestra yegua” (Nasza szkapa), de Maria Konopnicka, y “Ántek” y “El organillo” (Katarynka), de Bolesław Prus.
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